Bendecir para no caer: lectura del Salmo 66:8–9

Salmo 66

Himno a Dios por su poderosa liberación

Para el director del coro. Cántico. Salmo.

8 Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, Y haced oír la voz de su alabanza. 9 Él dio vida a nuestra alma, Y no permite que nuestro pie resbale. 

Simon Marmion, A Choir of Angels: From Left Hand Shutter, ca. 1459–1460, temple sobre tabla, dimensiones desconocidas, The National Gallery, Londres.

Por ahora, estoy asistiendo a los cultos de la Iglesia Luterana; sin embargo, debo precisar que no soy luterano (al menos, no por ahora). De momento, me considero cristiano, en parte por la coherencia que esta tradición guarda con mi historia familiar y localidad. No obstante, como algunos ya sabrán —o quizá se estén enterando ahora—, el mago practica una fe de carácter universal.

Si hubiese vivido toda mi vida en la India y contemplara a diario monos saltando de un cable a otro, probablemente me sentiría mucho más cómodo reconociendo al Señor Hanuman como deidad tutelar. Y aunque experimento amor y reverencia cada vez que escucho cantos devocionales dirigidos a él, mis vivencias siguen siendo, por ahora, distantes de esa simbología.

A primera vista, este pasaje parece una exhortación litúrgica colectiva: un llamado a la alabanza y al reconocimiento de la Providencia. Sin embargo, leído desde una perspectiva esotérica amplia, el texto revela una estructura interior precisa. No es solo un canto comunitario; es también un mapa del ordenamiento espiritual del ser humano.

I. “Bendecid, pueblos, a nuestro Dios”

En el lenguaje simbólico de la tradición espiritual, los “pueblos” pueden comprenderse como las múltiples fuerzas que habitan en el interior del hombre. No somos una unidad simple: estamos compuestos por pensamiento, deseo, memoria, imaginación, voluntad y sensibilidad, frecuentemente en tensión entre sí.

Bendecir no significa adular. Significa reconocer un Principio superior como eje rector. Cuando el texto convoca a los pueblos, puede leerse como una invitación a que nuestras potencias dispersas se orienten hacia un centro común. La bendición es un acto de alineación.

Bendecir es ordenar.
Bendecir es reunir lo que estaba fragmentado.

La alabanza, en este sentido, no es mera emoción religiosa; es un gesto interior de reorganización.

II. “Haced oír la voz de su alabanza”

En la tradición ocultista, la voz no es únicamente sonido físico. Es vibración, manifestación, emisión de intención. La palabra humana participa de un misterio más profundo: aquello que se expresa con coherencia interior tiene fuerza formativa.

“Hacer oír la voz” no implica volumen, sino autenticidad. Es permitir que pensamiento, intención y palabra coincidan. Cuando la voz expresa una conciencia ordenada, se convierte en instrumento de armonización.

La verdadera alabanza no es teatral ni mecánica. Es la resonancia de una interioridad alineada con aquello que reconoce como Principio. Allí la palabra deja de ser ruido y se convierte en acto.

III. “Él dio vida a nuestra alma”

Aquí se afirma un fundamento metafísico esencial: la vida no es propiedad privada del yo. El alma participa de una fuente que la precede. Reconocer esto implica abandonar la ilusión de autosuficiencia.

La conciencia que se cree origen absoluto termina por aislarse; la que reconoce su condición participativa recupera humildad ontológica. No se trata de negación de sí, sino de comprensión de su verdadero lugar en el orden del ser.

La caída comienza cuando el hombre se imagina principio de sí mismo.
La restauración comienza cuando recuerda que es reflejo.

IV. “Y no permite que nuestro pie resbale”

El pie, en el simbolismo tradicional, representa la acción concreta en el mundo. Caminar es actuar; resbalar es perder el equilibrio, desviarse, caer en error o ilusión.

El texto no promete ausencia de dificultad. Promete estabilidad cuando existe alineación interior. Cuando las potencias están reunidas, la palabra es coherente y la vida es reconocida como don, la acción adquiere firmeza.

La Providencia no elimina el camino; sostiene al caminante que no ha olvidado su centro.

Síntesis interior

En apenas dos versículos se dibuja un itinerario completo:

  • Unificación interior (bendecid, pueblos).
  • Coherencia expresiva (voz de alabanza).
  • Reconocimiento del origen (Él dio vida).
  • Estabilidad en la acción (no resbalar).

Este pasaje no es solo un salmo de gratitud; es una enseñanza sobre el orden espiritual: la fragmentación conduce a la caída, mientras que la orientación hacia el Principio conduce a la firmeza. Bendecir, en última instancia, no es decir algo sobre Dios, sino colocarse correctamente ante Él; y, al hacerlo, recuperar el equilibrio perdido.

Por Su Claridad, somos uno con lo Sagrado,

Fr∴ L∴ V∴ X∴

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