LA ORACIÓN
“Por nada estén afanosos, sino que en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios.
Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús”. — Filipenses 4:6–7
La oración tiene por finalidad producir una unión momentánea entre el “yo” consciente y el principio superior que lo trasciende, mediante la acción conjunta del sentimiento elevado y de una voluntad disciplinada. En este sentido, la plegaria constituye un acto operativo de primer orden, pues orienta la conciencia hacia un plano más alto y dispone al practicante para toda labor interior posterior. No se trata de una repetición automática de fórmulas, sino de un ejercicio lúcido de atención y decisión interior, donde la palabra funciona como vehículo simbólico de una intención viva. Cuando la oración se reduce a un hábito mecánico, pierde su eficacia; cuando nace de la conciencia y la necesidad real, se convierte en un acto transformador que reordena el equilibrio interno.
La palabra empleada en la plegaria no posee valor por sí misma, sino por la carga ideal y afectiva que el operador le imprime. Por ello, se recomienda evitar la repetición invariable y favorecer una formulación flexible, capaz de expresar con sinceridad el estado interior del momento. La intensidad emocional y la autenticidad del impulso son las que determinan la elevación anímica producida por la oración, del mismo modo que un ruego genuino, nacido de la urgencia y el amor, posee mayor fuerza que cualquier recitación aprendida. Esta elevación del plano sensible hacia el intelectual no debe banalizarse, pues implica una movilización profunda de las energías psíquicas y morales del individuo.
La práctica consciente de la oración requiere una preparación que involucre cuerpo, alma y mente, estableciendo condiciones favorables para la concentración y la coherencia interior. El recogimiento previo, la regulación de la respiración, la orientación simbólica del espacio y la formulación personal del rezo permiten ordenar la voluntad y amplificar su alcance. La plegaria verdaderamente activa se fundamenta en una disposición ética clara: el deseo del bien, la renuncia al resentimiento y la armonía con Dios. Cuando se realiza de este modo, la oración actúa como un foco de influencia real, proyectando efectos tanto sobre la vida interior del practicante como sobre su entorno, consolidándose no como un acto verbal, sino como una operación consciente de elevación de sublimación.