LOS CUATRO ELEMENTOS
”Y delante del trono había como un mar de vidrio semejante al cristal; y junto al trono, y alrededor del trono, cuatro seres vivientes llenos de ojos delante y detrás. El primer ser viviente era semejante a un león; el segundo era semejante a un becerro; el tercero tenía rostro como de hombre; y el cuarto era semejante a un águila volando. Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas, y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos; y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir”. — Revelaciones 4:6-9

Ilustración editorial para The Secret Teachings of All Ages, de Manly P. Hall, 1928.
Los conjuros elementales constituyen una forma específica de magia operativa aplicada a la vida cotidiana, basada en la acción consciente y dirigida de la voluntad del mago sobre los cuatro elementos universales: fuego, agua, aire y tierra. Estos elementos no son entendidos únicamente como principios físicos, sino como fuerzas vivas que estructuran la realidad visible e invisible. Mediante la imaginación creadora, la concentración y el conocimiento de las leyes ocultas, los elementos actúan como instrumentos de transformación capaces de influir en situaciones concretas, armonizar energías internas y externas y facilitar procesos de cambio en el plano material.
A diferencia de prácticas improvisadas o supersticiosas, el conjuro elemental exige disciplina, preparación interior y una intención ética claramente definida. Su fundamento se encuentra en el principio hermético de correspondencia, expresado en la máxima: “Como es arriba, es abajo”, que establece la relación directa entre los planos sutiles y la manifestación física. La eficacia de estas operaciones no depende del azar ni de fórmulas mecánicas, sino de la lucidez mental del operador, de su equilibrio psíquico y de su capacidad para relacionarse conscientemente con las fuerzas elementales sin provocar desequilibrios.
Cada uno de los cuatro elementos se halla vinculado a entidades específicas conocidas como seres elementales, cuya función es operar en el plano astral y facilitar la traducción de las causas sutiles en efectos visibles. Al fuego corresponden las salamandras, portadoras del fluido eléctrico astral; al agua, las ondinas, relacionadas con el flujo emocional y magnético; al aire, los silfos o espíritus aéreos, vinculados al pensamiento, la inspiración y la comunicación; y a la tierra, los gnomos, asociados a la estabilidad, la materia, la fertilidad y la consolidación. Estas entidades actúan exclusivamente dentro del ámbito de su propio elemento y fluido correspondiente.
El mago instruido aprende a dirigir estas fuerzas de manera ética y consciente, comprendiendo que los seres elementales pueden producir efectos constructivos o perturbadores según la intención que los movilice. Mientras los elementales están limitados a su esfera específica, el operador humano posee la capacidad potencial de trabajar con los cuatro elementos, siempre que respete el principio akáshico que garantiza el equilibrio universal. Este dominio no implica sometimiento violento, sino cooperación consciente con las fuerzas de la naturaleza, orientada por la inteligencia y la responsabilidad espiritual.
En la práctica, los conjuros elementales pueden aplicarse en diversos ámbitos de la vida. En contextos educativos o formativos, por ejemplo, un operador más avanzado puede intervenir sobre el elemento asociado a un hábito desordenado, debilitando su influencia y facilitando que la persona recupere el control sobre sí misma. En el ámbito de la sanación, la acción reiterada y ordenada de los elementos puede asistir procesos de recuperación prolongados, utilizando los fluidos eléctricos y magnéticos del plano astral como complemento de los tratamientos físicos, sin sustituirlos ni contradecirlos.
Todos los efectos generados por el conjuro elemental atraviesan necesariamente el plano astral que circunda la Tierra, identificado en la tradición cabalística como Malkuth. Es en este espacio donde los elementos y sus entidades actúan sobre los fluidos sutiles, generando las causas que posteriormente se manifiestan en la materia. La correcta manipulación de estos fluidos, mediante la imaginación dirigida y los sentidos psíquicos, permite al mago producir efectos tangibles, siempre en consonancia con la Providencia divina o con el principio del Akasha, que rige la armonía de todas las cosas.
En conclusión, los conjuros elementales no deben ser entendidos como prácticas supersticiosas, sino como herramientas tradicionales de transformación consciente, autoconocimiento y resolución práctica de problemas. Cuando se realizan con intención pura, disciplina y conocimiento, permiten que la voluntad humana, en armonía con los elementos y las leyes universales, genere cambios reales, sostenibles y coherentes tanto en la vida del operador como en el entorno que lo rodea.