¿QUÉ ES LA MAGIA?
“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá”. — Mateo 7:7

Daniel in the Lions’ Den, 1872. Óleo sobre lienzo, 183 × 249 cm. Tate, Londres, N01589
Para explicar esta cuestión, nos remitiremos netamente a las definiciones de los grandes maestros del ocultismo:
«La magia es el conocimiento más elevado, absoluto y divino de la filosofía natural, cuyas obras y operaciones maravillosas se desarrollan mediante una correcta comprensión de la virtud interna y oculta de las cosas; de modo que, al aplicar los verdaderos agentes a los pacientes adecuados, se producirán efectos extraños y admirables. Por ello, los magos son investigadores profundos y diligentes de la naturaleza; gracias a su habilidad, saben anticipar un efecto que al vulgo le parecerá un milagro».
— La Goecia del Lemegeton del Rey Salomón, trad. anón., Madrid, Editorial Edaf, 2004.
«El estudio y dominio de las fuerzas astrales, o magia».
— Encausse, Papus, El ocultismo, Madrid, Editorial EDAF, 1981.
«La magia es una ciencia que enseña la aplicación práctica de las leyes más bajas de naturaleza hasta las leyes más altas del espíritu».
— Bardon, Franz, La práctica de la evocación mágica, Barcelona, Editorial Humanitas, 1998.
De la extinta Zona de Caos, leemos: «Esto ha de entenderse respecto a las acciones e influencia por parte del mago en su entorno, utilizando la serie de herramientas que la magia provee. Así, el mago por un lado intenta buscar su decondicionamiento respecto a los parámetros sociales y culturales en los que ha sido educado buscando una libertad más amplia para actuar, y por otro la ejecución de su voluntad libre en este entorno en que se halla.
Para la magia… no obstante, la “voluntad” no adquiere necesariamente el carácter único y personal presente en las teorías de Aleister Crowley».
Los conjuros, dentro del marco del Conjuratorio, constituyen prácticas rituales formales orientadas a la ordenación consciente de situaciones concretas, mediante el uso deliberado del gesto ritual, el símbolo operativo y la intención dirigida. No son entendidos como actos supersticiosos, fórmulas automáticas ni mecanismos de control externo, sino como operaciones precisas que requieren conocimiento, preparación y un criterio ético definido. Todo conjuro se realiza con un propósito claro, delimitado y justificado, evitando su repetición compulsiva o su uso para vulnerar la voluntad ajena. Su función es restituir orden, cerrar procesos abiertos, establecer límites claros o fortalecer la posición interior del consultante frente a circunstancias de bloqueo o desgaste. El Conjuratorio rechaza el sensacionalismo y la promesa de efectos inmediatos, privilegiando una práctica sobria, estructurada y coherente con una tradición simbólica que entiende la palabra como acto responsable y vinculante.